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OPINIÓN: ¿Por qué Trump es el "Rey Bebé" de los presidentes?

El libro de Bob Woodward demuestra que el presidente estadounidense es un hombre incapaz de cumplir las exigencias del trabajo más importante en la tierra, comenta Michael D'Antonio.
mié 05 septiembre 2018 12:18 PM

Nota del editor: Michael D'Antonio es autor del libro Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - El libro en el que el eminente periodista Bob Woodward analiza al presidente de Estados Unidos, Donald Trump (y del que se han publicado algunos extractos antes de su lanzamiento) está demostrando con toda autoridad lo que el mundo ya sospechaba: que el imperioso, impaciente e inmaduro Donald Trump es el “Rey Bebé” de los presidentes, un hombre incapaz de cumplir las exigencias del trabajo más importante en la tierra.

Un “Rey Bebé” es, como señaló el comediante Jim Gaffigan en su famosa rutina , un narcisista exigente cuya necesidad de atención solo es menor a su incapacidad de reconocer el daño que hace a los demás. Freud reconoció esta personalidad con la frase "su majestad el Bebé" y todos conocemos a alguien así, ya sea en la familia, la comunidad o el trabajo.

En los relatos que contiene su libro Fear: Trump in the White House, Woodward reveló a un hombre que es temperamentalmente inadecuado para el cargo y que está rodeado de asistentes que tratan de controlar sus impulsos terribles. Se demuestra que el jefe de gabinete, John Kelly, lo llama "deschavetado" e "idiota" y que la presidencia está pasando por lo que el autor llama " un colapso nervioso del poder ejecutivo". (Kelly y otras de las personas a las que se cita hablando mal de Trump emitieron declaraciones en las que desconocen los comentarios poco favorecedores que el trabajo periodístico de Woodward reveló).

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Aunque sea alarmante, nada de lo que Woodward supo a través de documentos y de cientos de horas de entrevistas sorprendería a alguien que haya estudiado a Donald Trump o que haya trabajado con él. El veinteañero que exigía que los neoyorquinos lo consideraran un magnate en ciernes siempre ha operado con un alto grado de bravatas y exageraciones. Habitualmente exageraba sus virtudes: insistía en que era más inteligente, más rico y más exitoso de lo que realmente era… y se ha vuelto un viejo que no puede soportar que le presenten una realidad que entre en conflicto con las fantasías que tiene en la cabeza.

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Según el libro de Woodward, el antiguo abogado de Trump, John Dowd, tuvo que soportar un terrible ensayo de declaración que lo lleva a la conclusión de que para evitar que lo despidan con un "overol anaranjado" como los de prisión, Trump debería abstenerse de responder las preguntas del equipo que investiga la intromisión de Rusia en las elecciones de 2016. Esta escena se alinea con las aparentes preocupaciones del equipo de Trump respecto a que mentiría bajo juramento.

También es parecida la historia en la que el asesor económico, Gary Cohn, intercambió documentos del escritorio de Trump para impedir que eche a perder los acuerdos comerciales con Corea del Sur, México y Canadá. Cohn y el secretario de gabinete, Rob Porter, se atrevieron a decir que la capacidad de atención de Trump es tan limitada que podrían tratarlo como si fuera un niño de tres años: esconden los objetos frágiles antes de que siquiera note que están ahí.

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En conjunto, las partes del libro de Woodward que saldrá a la luz presentan a un hombre tan inmaduro que el secretario de Defensa, James Mattis, lo describió como un hombre que entiende el mundo como si fuera "un niño de quinto o sexto año".

Esta evaluación podría ser más generosa que la que el mismo Trump compartió conmigo en una discusión sobre la naturaleza humana. En una entrevista, en 2013, dijo que cree que el temperamento se establece cuando la persona está en primer año y que después cambia poco.

Esta inmadurez se demuestra fríamente en una llamada telefónica apasionada, misma que Woodward grabó y publicó cuando se empezó a difundir la noticia de su libro. Escuchen la conversación, en la que Trump se aferra a la idea de que nunca supo que Woodward había pedido entrevistarlo… aunque cuando lo enfrentaron reconoció que el senador Lindsey Graham le pasó el mensaje.

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Si escuchan la llamada de 11 minutos, se encontrarán con un hombre irritado por enterarse de que un reportero no está dispuesto a participar en su delirio. Como era de esperarse, Trump responsabiliza a su equipo y a Woodward —a cualquiera menos a él— y concluye, con un tono quejumbroso, que "entonces va a salir otro mal libro. Gran cosa". (Trump también proclamó que mi biografía de 2016 era un "mal libro" antes de que lo publicaran).

En realidad sí es la gran cosa porque como presidente, la perspectiva y la condición de Trump ayudan a determinar el curso de los acontecimientos, importantes o no tanto. Es evidente que Woodward lo entiende y que entiende la seriedad de la presidencia porque afirma que "de lo que pueden estar seguros es que he sido muy cuidadoso".

La atención que Woodward pone en su trabajo, una trayectoria afianzada a lo largo de varias décadas, implica que incluso al confirmar las investigaciones que otros han llevado a cabo, su libro se volverá la base de las evaluaciones que vendrán.

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Su credibilidad no quedará destruida por las acusaciones de Trump sobre "noticias falsas" o sobre los "enemigos del pueblo". Woodward se dedica al periodismo sólido. El presidente estadounidense se dedica a la exageración. Ni las quejas ni las culpas de Trump o de sus subalternos, quienes ya están atacando al autor y al libro, podrán alterar los hechos.

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