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OPINIÓN: La pregunta que el polémico libro de Bob Woodward no responde

El reportero volvió a hacer un relato fascinante de las políticas informales de un presidente, pero no ha ayudado a entender por qué todo esto pasó, comenta Julian Zelizer.

Nota del editor: Julian Zelizer es profesor de Historia y Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton. Editó el libro The Presidency of Barack Obama: A First Historical Assessment. También es conductor del podcast Politics & Polls. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - El libro Fear: Trump in the White House, de Bob Woodward, es un éxito rotundo. Acaparó muchos de los titulares de Washington desde que se filtraron extractos a principios de septiembre; el martes 11, día en que salió a la venta, se vendieron más de 750 mil copias.

El reportero ganador del Pulitzer ofrece detalles jugosos de la vida en el Despacho Oval. Aún con un presidente que sacude al país en tiempo real a lo largo del ciclo noticioso de 24 horas, Woodward logró descubrir cosas sorprendentes, como el hecho de que Gary Cohn, exdirector del Consejo de Economía de la Casa Blanca, robó —literalmente— un documento del escritorio de Trump para proteger al país porque lo consideraba un peligro potencial.

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Pero ¿el libro de Woodward captura realmente lo más notable de esta presidencia? En ciertos sentidos, pese al detalle y a las fuentes anónimas, el libro es sumamente predecible. Al igual que Fire and Fury, de Michael Wolff, el libro de Woodward se echa un clavado más preciso en la política informal de Trumplandia. Pero al hacerlo, se pierde el panorama principal.

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Como pasa con las noticias que centran continuamente en los operadores políticos, Woodward no aborda realmente cómo es que un presidente sumamente inestable, cuyo proyecto gira alrededor del nacionalismo blanco y el "Estados Unidos es primero", puede dominar la política estadounidense en 2018. Cincuenta años después de que el movimiento por los derechos civiles transformara al país y lo encaminara hacia el progreso en cuestiones de justicia social, parece que hemos dado un enorme paso atrás.

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¿Por qué está pasando esto? La respuesta tiene menos que ver con Trump que con todo lo que lo rodea. Son cuestiones que exigen el interés del historiador en el contexto, no la sed de detalles del reportero. Primero hay que empezar con el Partido Republicano, que ha dado abrigo a la política reaccionaria que Trump propugna.

Como se ha documentado a fondo, pese a cada ofensiva, declaración falsa y tuit que sale de esta Casa Blanca y de las políticas desconcertantes como la separación de familias en la frontera, los republicanos del Congreso esencialmente hacen nada.

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Cuando se cuestiona seriamente el proceder ético del comandante en jefe o sobre hasta dónde llegará para proteger nuestro proceso electoral, los legisladores republicanos no han actuado para constreñir a Trump. Aunque emprenda un ataque total contra la prensa libre, algunos republicanos del Capitolio gritan y patalean, pero no supervisan nada en realidad.

La lealtad partidista suele superar al valor político en una era de polarización intensa. Cada vez son más los republicanos dispuestos y ansiosos a contar con el respaldo del presidente en las elecciones primarias. Así, la historia de Trump ha suscitado tantas dudas sobre la situación del Partido Republicano como de la del mismo presidente.

La presidencia de Trump también suscita dudas graves sobre nuestro entrañable sistema de frenos y contrapesos. ¿Hasta dónde podemos contar con que nuestros frenos restrinjan a un presidente que está fuera de control? Los cineastas de Hollywood han imaginado escenarios en los que terminamos con líderes dispuestos a hacer cosas peligrosas; sin embargo, el público cree que esto no puede pasar en la vida real.

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Si las historias más impactantes del libro de Woodward son ciertas, y si son honestas las revelaciones del editorial anónimo del New York Times sobre una presidencia paralela, entonces estas páginas, combinadas con todo lo que hemos visto desde enero de 2017 indican que hay grandes brechas en los mecanismos de los que dependemos para controlar al presidente.

Es probable que nuestra fe en que "el sistema" nos salvará en una situación de peligro esté mal encaminada. Es hora de preguntarnos por qué nuestro sistema constitucional no ofrece salvaguardas mejores. ¿Por qué tendríamos que depender de que unos funcionarios de la Casa Blanca le oculten documentos al presidente? ¿Qué ha salido tan mal como para que las historias del libro de Woodward sean ciertas?

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¿Y qué hay del electorado? Si bien es cierto que una gran parte del país desaprueba firmemente a Trump y preferiría que hubiera alguien más en el cargo, todos hemos permitido que nuestra democracia se deteriore al grado de que haya sido posible tener una presidencia como esta y de que un líder como él no esté obligado a corregir el rumbo.

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Como argumenta Yoni Appelbaum en la revista The Atlantic, Trump tuvo éxito porque aprovechó que la participación política y la asociación voluntaria de los estadounidenses han estado en declive desde el siglo XIX, lo que nos deja con la gente menos experimentada con las instituciones democráticas y abierta al desdén que a Trump le encanta pregonar.

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Cincuenta años después de que la política estilo George Wallace había desaparecido aparentemente, descubrimos que su legado vive en la Casa Blanca. Nuestros procesos políticos estaban tan maltrechos que un novato político con un historial empresarial variopinto y una fama obtenida en programas de telerrealidad pudo llegar a la presidencia.

Aunque muchos electores no estaban contentos con Trump ni con el sistema que lo generó, y aunque de hecho perdió el voto popular, Trump ganó gracias al Colegio Electoral. Lo más probable es que su victoria fuera posible por una combinación de factores, incluida la desigualdad creciente y la recuperación dispareja de la Gran Recesión, la podredumbre en el sistema de financiación de campañas, la ineficacia del Congreso para gobernar, los defectos de su oponente, el crecimiento de la prensa conservadora, la actividad de los hackers rusos en las redes sociales y la creciente popularidad de las ideas sociales reaccionarias en ciertas partes del país.

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El 85% de los electores republicanos respalda a Trump. La respuesta a la situación de nuestro electorado no está en los retratos de los operadores políticos que mandan en la Casa Blanca.

Woodward volvió a hacer un relato fascinante de la política informal, esta vez en la Casa Blanca de Trump, pero no ha ayudado a entender por qué todo esto pasó y por qué se permite que continúe. Aunque esta no es la historia que Woodward quería contar, no se puede ignorar porque es la única forma de llegar al fondo de lo que está pasando en la política estadounidense actual. Tenemos que empezar a analizar más cuidadosamente el panorama… entender las tendencias y las dinámicas que crearon el entorno político tóxico que permite que haya una presidencia como la que se retrata en el libro de Woodward.

Hasta que haya respuestas, no podremos estar seguros de que esto saldrá bien ni de que una vez que la presidencia de Trump termine, su clase de política no persistirá.

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