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La antigua forma de criar niños ya no funciona

La clave para hacer que los menores de hoy se comporten es renunciar a los métodos de antaño basados en el miedo y ayudarlos a aprender a autorregularse.
mié 12 septiembre 2018 01:00 PM
crianza
Los castigos, al ser establecidos por personas poderosas hacia personas con menos poder, provoca que los pequeños deseen tener el control y ser poderosos.

(CNN) - Cada par de años aparece un libro o artículo que diagnostica la catastrófica debilidad y pusilanimidad de los padres. La pirámide de poder se ha invertido, advierten, y los niños son los que mandan.

"Ordena. No preguntes. Nunca negocies", instruye Leonard Sax en su libro de 2016 El colapso de la autoridad, en el que culpa a los padres de una serie de males de la sociedad, incluida la obesidad y las enfermedades mentales.

Sé que leer estas acusaciones en mi contra y en contra de otros padres, a pesar de mi instinto de ignorarlas, produce sentimientos de vergüenza e ineptitud. Las leo de todos modos atraída por la posibilidad de un mundo en el que los niños siempre hacen lo que se les dice y se cepillan los dientes.

Y luego, como cabe esperar, viene el autoanálisis, donde me someto a escrutinio.

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Aunque mi esposo y yo somos bastante buenos para decir "no", permitimos la negociación en nuestro camino hacia allí. ¿Estamos cediendo demasiado terreno? Además, cuando se trata de nuestra rutina diaria de comer y dormir, nos inclinamos un poco hacia la flexibilidad y lejos de la estructura.

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Si bien una mayor rigidez podría establecer una mayor autoridad parental, también generaría más locura ya que todos lucharíamos por hacer respetar los sistemas que implementamos. ¿Qué tan malo es permitir que la vida, y todos sus sentimientos y caos concomitantes, ocasionalmente se interpongan en el camino?

Según Katherine Lewis, autora del nuevo libro The Good News About Bad Behavior (Las buenas noticias sobre la mala conducta), es hora de dejar de lado estas preocupaciones. "La autoridad y el control, el ‘yo estoy al mando’, no funciona", dice.

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Olvídate del “porque yo lo digo”

Lewis escribió su libro en respuesta a lo que ella ve como una crisis de autorregulación entre los niños de hoy. Esto, explica, es la razón por la cual casi la mitad de los niños de hoy desarrollarán un trastorno del estado de ánimo, un trastorno del comportamiento o un problema de abuso de sustancias a los 18 años.

Hay cuatro fuerzas detrás de esto, siendo las tres primeras el declive de la comunidad, el tiempo de juego no estructurado y el auge de las redes sociales y la cultura web, que nos hace "mirar siempre fuera de nosotros mismos". Los niños de hoy van por el mundo como ‘contratistas independientes’, y se les enseña a enfocarse más en los logros individuales en lugar de sus contribuciones a la familia, los vecinos y los amigos.

¿Y la cuarta fuerza en el esquema de Lewis? Los padres. Lewis sostiene que aunque ella no nos culpe, a muchos padres les serviría repensar el enfoque disciplinario.

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Uno de los primeros pasos, explica, es separar nuestras ideas sobre la autoridad parental de los días del "Porque yo lo digo". Si bien este enfoque autoritario funcionó en el pasado, es ineficaz para la generación actual de jóvenes que se sienten mucho más cómodos con la colaboración.

"Ya no existen estas líneas rectas de autoridad. El jefe ya no manda al padre, el padre ya no manda a la madre y la madre ya no manda a los hijos. Están creciendo en una cultura de democracia e igualdad y así se sienten", explica, refiriéndose a los cambios en los centros de trabajo, los hogares y las escuelas que han conducido a una mayor toma de decisiones a través de comités y consensos.

Lewis dice que aunque la crianza autoritaria a menudo ayudaba a los niños a rendir mejor en la escuela y a no meterse en problemas, con frecuencia los dejaba con cicatrices emocionales. Esta fue la razón por la que muchos padres en los años ochenta, que fueron criados por madres y padres autoritarios, tomaron el enfoque opuesto y adoptaron un estilo de crianza más permisivo.

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"Pero el péndulo se fue al extremo. De allí provino el culto a la autoestima y todo mundo era un campeón merecedor de trofeos”. Los padres de hoy, comenta, están buscando fomentar una "relación de crianza cercana, que la ciencia asegura que es buena para su bienestar, a la vez que tiene consecuencias que los niños respetarían". Este es un estilo de crianza que muchos llaman "autoritativo".

La clave para hacer que los niños de hoy se comporten es renunciar a los métodos de antaño basados en el miedo y ayudarlos a aprender a autorregularse. El libro de Lewis se abstiene sabiamente de prescribir un método en particular, y en su lugar, analiza una serie de enfoques para ayudar a los niños a aprender a controlarse y a desenvolverse en diferentes escenarios. La única constante es encontrar una manera de presentarles consecuencias en lugar de castigos, cuanto más natural, mejor.

"El castigo es algo impuesto a una persona menos poderosa por una persona más poderosa. Hace que nuestros hijos deseen poder y control", indica. "Las consecuencias nos enseñan una lección y permiten que los niños aprendan según la situación. ¿Qué sucede cuando olvido mi sudadera? Me da frío. Es una lección más limpia y funciona más rápido".

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Para los niños más pequeños, que suelen tener peor juicio que los niños mayores, Lewis recomienda crear un contrato de consecuencias. Juntos, padres e hijos pueden identificar el mal comportamiento antes de que surja y luego el niño puede sugerir cuál cree que debería ser la consecuencia.

Crea un contrato de consecuencias

Permitir que los niños mayores resuelvan los conflictos por sí mismos puede ser una manera efectiva de presentarles consecuencias naturales y reducir las discusiones futuras, pero este enfoque de no intervención no funciona con los niños pequeños. Esto es especialmente cierto en familias como la nuestra, donde una gran diferencia de edad le da al niño mayor una ventaja injusta.

Cuando su hermanito tenía alrededor de 6 meses, nuestro hijo de 5 años decidió, aunque no de manera consciente, que ya era lo suficientemente fuerte para las “luchitas”, para el juego rudo. Y así comenzó a jugar con él, a menudo yendo demasiado lejos a pesar de nuestras advertencias de que fuera gentil. Por seis meses lo intentamos todo, tanto recompensas como castigos, para evitar que lastimara a su hermano, y ninguna estrategia funcionó.

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Siguiendo la recomendación de Lewis, probamos el contrato de consecuencias. Nuestro hijo eligió un "tiempo fuera" o timeout, una decisión que me hizo reír porque en estos tiempos se considera retrógrado. Pero si eso es lo que él quería, pensé, entonces eso es lo que tendría. (Lewis más tarde me explicó que hay una diferencia entre mandar a un niño histérico a que se vaya a la habitación y permitir que uno obediente tome una pausa. Ella lo llamó un "tiempo fuera positivo").

Pues bien, funcionó. No como una panacea, porque no existe tal cosa cuando se trata de regular la mayoría de las emociones de los adultos, mucho menos las de nuestros hijos. Pero el efecto positivo fue innegable. Cuando los juegos de nuestro hijo con su hermano pequeño se transformaban en algo más oscuro y rudo, le decíamos que era hora de un pequeño descanso en su habitación, "como habíamos acordado". En cada ocasión se iba a su cuarto, sin resistencia. Cuando terminaba, esos malos impulsos se habían purgado, y él estaba tranquilo y listo para reunirse con la familia.

Si bien la frecuencia con la que ocurren estas escaramuzas ha disminuido ligeramente, la velocidad a la que nosotros, como familia, somos capaces de movernos a través de ellas ha aumentado dramáticamente. Solíamos darle varias advertencias, y cuando no las escuchaba, nos irritábamos. Entonces todos quedábamos atrapados en un agujero negro emocional durante unos 20 minutos, donde perdíamo s mucha energía y paciencia. Ahora, una pequeña patada o un fuerte estrujón, y se va a su habitación por un par de minutos. Eso es todo.

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Si por el momento esto es lo mejor que tenemos delante, lo tomamos con gusto. El hecho de que nuestro hijo vaya a su habitación sin resistencia nos muestra que comprende la necesidad de la autorregulación, incluso si no siempre puede lograrla. Como explica Lewis, el cambio lleva tiempo, y nuestros enfoques para abordar los problemas de comportamiento probablemente requerirán una buena cantidad de experimentación, perdón y paciencia en el camino.

"Nuestras vidas son desordenadas, y nuestros hogares no deberían ser santuarios de la perfección. Son lugares donde experimentamos", dijo. "Nuestros hijos siempre están cambiando. Esta no es una situación estática".

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