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OPINIÓN: Occidente no tiene idea de cómo lidiar con Rusia

Lo que enturbia más el panorama son los amigos fieles que el presidente Vladimir Putin, tiene en Europa, la mayoría pertenecientes a la extrema derecha, comenta Paul Hockenos.

Nota del editor: Paul Hockenos es autor del libro Berlin Calling: A Story of Anarchy, Music, the Wall and the Birth of the New Berlin. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) - A primera vista parece que los mensajes recientes que Occidente ha enviado a Rusia no podrían transmitir más confusión.

De visita en misión diplomática en Estados Unidos el secretario del Exterior de Reino Unido, Jeremy Hunt, hizo un llamado a intensificar las sanciones contra Rusia luego de que se dieron a conocer pruebas nuevas sobre la intromisión del Kremlin en la política británica y estadounidense.

Donald Trump, quien está bajo investigación en Estados Unidos por la colusión con Rusia durante la campaña electoral de 2016, ha dado grandes bandazos respecto a Rusia, por lo que ha sido casi imposible discernir su estrategia; sin embargo, el gobierno de Trump está considerando imponer penas adicionales a las que impuso a Rusia por haber invadido Ucrania en 2014 y por otras violaciones al derecho internacional.

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Lo que enturbia más el panorama son los amigos fieles que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, tiene en Europa, la mayoría pertenecientes a la extrema derecha, incluido el gobierno austriaco.

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El 18 de agosto el líder ruso fue el invitado de honor de la boda de la ministra del Exterior de Austria, Karin Kneissl, nacionalista y gran fan de Putin. Para deleite del público mundial Putin bailó con Kneissl, quien portaba un vestido tradicional austriaco blanco con crema.

Ese mismo día Putin tenía una cita con la canciller de Alemania, Angela Merkel, de mucha mayor trascendencia tanto para Rusia como para toda Europa y para otros continentes.

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En Alemania, el encuentro franco entre Merkel y Putin, la primera sesión de trabajo de esta clase que se lleva a cabo en Alemania en muchos años, no fue ni amistosa ni combativa.

La solemnidad, los intereses comerciales y la geografía colocan a Alemania —no a Estados Unidos, Reino Unido ni a Europa Central— en posición de marcar el rumbo de las relaciones futuras con Rusia.

Pese a que no ha habido declaraciones oficiales sobre la reunión, en la charla bilateral de Merkel con Putin se dibujaron los contornos de un modus vivendi.

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Como ocurrió en los años más tensos de la Guerra Fría, Alemania (presumiblemente con el apoyo de la mayor parte de la Unión Europea) se opondrá firmemente a la ideología autoritaria de Rusia y a sus violaciones a los derechos humanos. Pero bajo la tensión superficial también negociarán con Rusia en cuestiones prácticas urgentes (como la energía, Europa del Este y Medio Oriente) que sirven a los intereses comunes de Europa y otras partes. Al hacerlo Merkel se inspira en las tácticas de Alemania Occidental, que durante lo más álgido de la Guerra Fría hacía negocios seriamente con el bloque comunista.

La Ostpolitik o política oriental era la etiqueta con la que se marcó a la diplomacia que Alemania Occidental (firme aliado de Estados Unidos y de la OTAN) ponía en práctica con la Unión Soviética, némesis de Occidente.

Los alemanes occidentales lograron sortear las recriminaciones y los enfrentamientos entre Moscú y Washington y llegaron a acuerdos prácticos con los Estados del bloque oriental en cuestiones como la situación de Berlín Occidental, las fronteras internacionales, las relaciones entre ambas Alemanias e incluso el control de armas.

Algunos observadores afirman que al normalizar las relaciones con los soviéticos, los diplomáticos de Alemania Occidental aliviaron las tensiones entre las superpotencias y sentaron las bases para la distención y los acuerdos en derechos humanos, como los Acuerdos de Helsinki de la década de 1970, que dieron vida a los movimientos democráticos que desembocaron en la caída de la Cortina de Hierro.

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Sin embargo, los críticos sostienen que los tratos amistosos de Alemania Occidental con el bloque soviético metieron en un atolladero a los opositores de dichos regímenes, como los disidentes políticos perseguidos. Se restó importancia a su encarcelamiento y a su expulsión, de acuerdo con los críticos, con el fin de no afectar las negociaciones con los líderes del Este. Los críticos afirman que tantos mimos a las dictaduras simplemente prolongaron la vida de los regímenes inestables e impopulares.

Hay paralelismos asombrosos entre los avances constructivos de Alemania con la Rusia actual y los de los años de la Guerra Fría… mismos que revelan la promesa y las desventajas del enfoque de Merkel respecto a Rusia, que hoy es más claro que nunca.

Las relaciones con Rusia están en el punto más bajo de la historia, ya que Moscú está más aislado que en cualquier otro momento desde la implosión del comunismo soviético. A Rusia no solo la tratan con indiferencia, sino que la suspendieron de órganos como el G8, lo que deja pocas oportunidades para que Europa y Estados Unidos negocien con el gobierno ruso. Merkel cree firmemente que se pueden mantener abiertos los canales de comunicación con Moscú sin tener que aceptar atrocidades como la anexión de Crimea o el presunto envenenamiento de exespías rusos en suelo británico.

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Por un lado, tiene sentido entablar una comunicación pragmática y clara con Moscú porque Europa (y también Estados Unidos) necesita la cooperación de Rusia en muchas cuestiones críticas.

En Siria, por ejemplo, Rusia es clave para negociar con el régimen de al Asad para designar un orden estable en la posguerra, con lo que podrían detener el flujo de migrantes a Europa, una de las piedras en el zapato de Merkel. Putin le dijo a Merkel que está abierto a la colaboración, particularmente en temas como la asistencia de Europa para la reconstrucción.

El gobierno ruso también es importante para las relaciones con Irán, mismas que quedaron trastornadas por la salida de Trump del tratado nuclear de 2015 en el que se levantaban las sanciones a cambio de que Teherán pusiera fin a sus ambiciones nucleares con fines militares. Rusia es uno de los signatarios del tratado y tiene mucho que perder, al igual que Europa, si el tratado se viene abajo por completo.

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También está el conflicto con Ucrania, la guerra cibernética de Rusia y otros trucos sucios en contra de los países de Europa Central miembros de la OTAN, como los Estados del Báltico. Desde que se desató la crisis de Ucrania, Alemania ha encabezado las negociaciones para llevar la paz a Ucrania del Este, mismas que siguen en curso. La alianza con Moscú (para resolver los conflictos que Moscú inició, irónicamente) conlleva el riesgo de ser laxa con las violaciones a los derechos humanos y al derecho internacional. Putin está desesperado porque se levanten las sanciones tan pronto como sea posible para que dejen de afectar a la economía rusa.

Berlín no puede levantar las sanciones clave contra Rusia (y Merkel afirma que no lo hará) hasta que se retire de Crimea. Pero en los niveles más altos de la política alemana hay quienes afirman que hay que reducir las sanciones que también afectan a empresas alemanas y europeas.

En aras de sus intereses económicos Alemania seguirá con la construcción del polémico gasoducto Nord Stream 2, que va de Rusia a Alemania pasando por el mar Báltico. El proyecto inquieta a Europa del Este y Central porque se sienten traicionados. Temen que con el gasoducto Europa dependa más de Rusia, lo que pondría en peligro sus propias importaciones de energía y les costaría fortunas por la pérdida de las cuotas de tránsito que Rusia les paga actualmente.

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Este es el momento oportuno para que Alemania y Rusia colaboren más de cerca. Además de que la impredecibilidad de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump está desestabilizando la geopolítica, Merkel y Putin están pasando por crisis en su país y su popularidad está cayendo. Por eso están más abiertos a comprometerse… y por eso, hay planes de llevar a cabo más sesiones bilaterales.

Esto será bien recibido siempre y cuando los esfuerzos diplomáticos no se hagan a expensas de las normas internacionales y de los países vulnerables que están atrapados entre las grandes potencias regionales. En la Ostpolitik de la posguerra, hay precedentes que indican que pueden lograrlo.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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