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¿Por qué cada vez más personas son alérgicas a la carne?

Las reacciones obligan a los científicos a reestructurar los principios básicos de la inmunología: cómo se dan las alergias, qué las desencadena y a quiénes ponen en riesgo.

(CNN) - Me encontraba camino a ver a Tami McGraw, quien vive con su esposo y su hijo menor en un desarrollo vasto con árboles antiguos y amplios prados en Carolina del Norte. Antes de que llegara me envió un correo electrónico para saber qué quería comer cuando llegara. "¿Quieres probar el emú o tal vez pato?", preguntó.

Ninguno de estos ingredientes es común en un desayuno, pero desde hace años, nada en la vida de McGraw ha sido normal. No puede comer carne de res ni de cerdo, beber leche, comer queso ni probar un postre que contenga gelatina sin sentir que se le cierra la garganta y se le baja la presión.

Los suéteres de lana le producen ronchas e inhalar el humo del tocino cocinándose en la estufa la derriba. A donde quiera que vaya lleva una amplia variedad de pastillas para contrarrestar un ataque de alergias y una inyección de epinefrina para sacar a su cuerpo de un choque anafiláctico.

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McGraw es alérgica a la carne de mamíferos y de todo lo que provenga de ellos: lácteos, lanas y fibras, gelatina de sus pezuñas y cenizas de sus huesos.

Este síndrome afecta a unos miles de personas en Estados Unidos y a una cantidad indefinida, pero probablemente mayor, de personas en todo el mundo. Tras una década de investigaciones los científicos apenas comienzan a entender qué lo provoca: una mordida de garrapata que se adhiere en una caminata, al rozar el pasto en un jardín o que va de polizonte sobre una mascota que andaba afuera.

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La enfermedad, a la que suele llamarse "alergia al alfa-gal" por el componente de la carne que la desencadena, es una prueba que McGraw y su familia tienen que superar día a día. La medicina también está lidiando con ella.

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Las alergias se presentan cuando el sistema inmunitario percibe algo conocido como desconocido. Para los científicos, el "alfa-gal" está obligando a reestructurar los principios básicos de la inmunología: cómo se dan las alergias, qué las desencadena, a quiénes pone en riesgo y cuándo.

En el caso de los afectados, el "alfa-gal" transforma el paisaje en el que viven y convierte las comodidades confiables del hogar (las plantas del jardín, la comida de su plato) en un territorio incierto y riesgoso.

El acertijo de las alergias

En 1987, Sheryl Van Nunen se encontró con un acertijo. Dirigía el departamento de Alergias de un hospital regional en los suburbios de Sidney, Australia, que era famosa entre sus colegas porque resolvía casos misteriosos de anafilaxis. Esta vez, habían enviado a un hombre a verla porque se despertaba todas las noches, presa de una reacción intensa.

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Van Nunen examinó al hombre en busca de los irritantes de siempre y cuando las pruebas resultaron negativas, estudió su historial clínico y le hizo una prueba de piel con todo lo que había comido y tocado en su casa antes de acostarse. El único alérgeno potencial que dio positivo fue la carne.

Luego llegaron con ella más pacientes. En la década de 1990, recibió a otros seis y para 2003 había revisado al menos a 70, todos con el mismo problema: aparentemente les había afectado la carne que habían comido unas horas antes.
Buscando una explicación, alargó la lista de preguntas, interrogó a sus pacientes sobre las posibles reacciones de ellos o de su familia a todo: detergentes, telas, plantas, insectos. "Invariablemente, estas personas contestaban: 'Nunca me ha picado una abeja o una avispa, pero me han mordido muchas garrapatas'", cuenta Van Nunen.

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Tami McGraw no puede comer ningún producto de los mamíferos sin sentir que su garganta se cierra y la presión sanguínea se le baja.

Cuando se descubre una enfermedad nueva, usualmente pasa un periodo largo y doloroso para que las investigaciones científicas se centren en ella. En este caso, una serie de coincidencias extrañas llamaron la atención de los investigadores sobre la alergia al "alfa-gal" casi tan pronto como se presentó en los pacientes.

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La historia empieza con un fármaco contra el cáncer llamado cetuximab, que salió al mercado en 2004. En clínicas de Carolina del Norte y Tennessee, 25 de los 88 receptores fueron hipersensibles al fármaco; algunos enfermaron de gravedad y hubo que aplicarles inyecciones de epinefrina y hospitalizarlos de emergencia. Casi al mismo tiempo, un paciente que estaba recibiendo la primera dosis de cetuximab en una clínica especializada en cáncer, en Arkansas, colapsó y murió.

La noticia de esta muerte pronto llegó a oídos de Thomas Platts-Mills, investigador de alergias en la Universidad de Virginia, quien vio en estas reacciones una intrigante oportunidad de investigación.

Platts-Mills reunió un equipo y descubrieron la fuente del problema con relativa rapidez. Las personas reaccionaban al fármaco porque tenían una sensibilidad preexistente, indicada por un alto nivel de anticuerpos (llamados inmunoglobulina E, IgE) para un azúcar presente en los músculos de la mayoría de los mamíferos, aunque no en humanos ni en primates. El nombre del azúcar es galactosa alfa-1, 3-galactosa, mejor conocido como "alfa-gal".

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Los miembros del equipo estudiaron a los pacientes y a sus familiares para encontrar cualquier cosa que pudiera explicar el problema. Al parecer, las reacciones eran regionales (los pacientes en Arkansas, Carolina del Norte y Tennessee presentaron hipersensibilidad, pero no así los de Boston y el norte de California). Investigaron parásitos, moho y enfermedades que se presentan únicamente en ciertas zonas de Estados Unidos.

Luego, Christine Chung, investigadora de Nashville que se incorporó al equipo, se topó con una pista intrigante. Casi uno de cada cinco pacientes inscritos en una clínica especializada en cáncer en el hospital en el que trabajaba tenía niveles altos de IgE para el "alfa-gal"; sin embargo, cuando revisó a los vecinos de esos pacientes (a quienes tomó como grupo de control, es decir, a personas que llevaban vidas parecidas, pero que no tenían cáncer ni razón alguna para haber tomado el medicamento), casi uno de cada cinco tenía anticuerpos para el "alfa-gal".

Casi una década más tarde, la correlación sigue haciendo reír a Platts-Mills. La reacción al "alfa-gal" no tenía nada que ver con el cáncer, "tenía todo que ver con el Tennessee rural".

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La garrapata de la estrella solitaria

Entonces la pregunta fue: ¿qué hay en el Tennessee rural que desencadena una reacción como esta?

La respuesta surgió de una segunda coincidencia. Jacob Hosen, investigador del laboratorio de Platts-Mills, se topó con un mapa de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) en los que se muestra la prevalencia de una infección llamada fiebre maculosa de las montañas Rocosas. Se empalmaba justamente sobre los focos de la reacción al cetuximab.

La fiebre maculosa de las montañas Rocosas se transmite por la mordida de una garrapata, la Amblyomma americanum, una de las garrapatas más comunes del sureste de Estados Unidos. Se la conoce como garrapata de la estrella solitaria por la mancha blanca que tienen las hembras en el lomo.

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Los investigadores se preguntaron: si las reacciones misteriosas tenían algo en común con una enfermedad, y si las garrapatas causaban la enfermedad, ¿podrían las garrapatas estar relacionadas también con la reacción?

Scott Commins, otro doctorando del grupo de investigadores de Platts-Mills, se dio a la tarea de llamar por teléfono a cada paciente nuevo para preguntarle si alguna vez lo había mordido una garrapata. "Creo que el 94.6% respondió afirmativamente. El resto dijo: 'Estoy al aire libre todo el tiempo. No recuerdo una garrapata en particular que se me haya pegado, pero sé que me han mordido'", dijo.

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La carne de los mamíferos contiene, inevitablemente, "alfa-gal", así que para las personas sensibles, comer carne podría significar una segunda exposición, como pasó con las infusiones de cetuximab.

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Si las mordidas de las garrapatas los habían sensibilizado, entonces la reacción al "alfa-gal" podría ser tanto alergia a los alimentos como reacción a un medicamento; sin embargo, esta conexión era mera especulación y para afianzar la relación causa-efecto se necesitaría una última coincidencia extraordinaria.

Resulta que a Platts-Mills le gusta el senderismo. Un fin de semana recorrió las lomas del centro de Virginia y pasó por unos pastizales densos. Regresó a casa cinco horas más tarde; se quitó las botas y los calcetines y descubrió que tenía las piernas y los pies llenos de puntitos. Parecían pimienta molida, pero estaban bien metidos en su piel (tuvo que quitarlos con un cuchillo mellado) y le dolía mucho. Guardó algunas y las envió con un entomólogo. Eran larvas de garrapata de la estrella solitaria.

Se dio cuenta de que se había topado con una oportunidad. En cuanto regresó a trabajar le pidió a su equipo que le tomaran muestras de sangre y que revisaran su nivel de IgE. Al principio era bajo, pero empezó a subir semana a semana. Platts-Mills es inglés y en pleno periodo de pruebas de IgE tuvo que ir a un evento en la Real Sociedad de Medicina en Londres. "En ese momento —cuenta alegremente— me comí dos chuletas de cordero y bebí dos copas de vino". Se despertó cubierto de ronchas en plena madrugada.

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Un problema mundial

La garrapata de la estrella solitaria no llama mucho la atención en Estados Unidos, pero al parecer su territorio se está expandiendo. "El borde norte del territorio en el que abundan estas garrapatas se está moviendo. Ahora está bien establecido más al norte, hacia Michigan, Pensilvania, Nueva York y hasta Nueva Inglaterra", explicó Rick Ostfeld, especialista en Ecología de las Enfermedades del Instituto de Estudios sobre el Ecosistema, situado al norte de la ciudad de Nueva York.

"Lo más probable es que el cambio climático tenga que ver en esta expansión hacia el norte", agregó Ostfeld, pero reconoció que no sabemos qué otros factores contribuyen.

También se han encontrado reacciones al "alfa-gal" relacionadas con las mordeduras de garrapatas en Reino Unido, Francia, España, Alemania, Italia, Suiza, Japón, Corea del Sur, Suecia, Noruega, Panamá, Brasil, Costa de Marfil y Sudáfrica. Estos casos se originaron en al menos seis especies más de garrapata (en un mapa en línea en el que los pacientes se incluyen se marcan un puñado de países más). En donde las garrapatas han mordido a la gente (fuera del Ártico y la Antártida), se han registrado casos de alergia al "alfa-gal".

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En Bélgica los pacientes reaccionaron mal a un fármaco que se produce en células de conejo. En los Alpes italianos los hombres que fueron de cacería al bosque están más en riesgo que las mujeres que se quedaron en el pueblo. En Alemania el alimento más reactivo ha sido un manjar tradicional: los riñones de cerdo. En Suecia fue el alce.

La misma Van Nunen ha atendido a más de 1,200 pacientes. "En la siguiente clínica con más casos, hay unos 350", señaló. Estos casos se han presentado a lo largo de dos décadas, menos de lo que abarca una generación humana. La causa este aumento, que también se ha dado en Estados Unidos, intriga a Van Nunen. Piensa que el auge no puede deberse a algo en sus pacientes; los cambios genéticos o epigenéticos no se dan tan rápido. "Tiene que ser ambiental", sentenció.

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Una garrapata en el laboratorio TickReport de la Universidad de Massachusetts.

¿Qué nos depara el futuro?

Platts-Mills señaló que la prevalencia de las concentraciones altas de "alfa-gal" para la IgE en sus primeros estudios ha subido hasta un 20% en algunas comunidades, "pero esta definitivamente no fue la prevalencia de las reacciones alérgicas a la carne. Es claro que hay muchas personas en las que un alimento que contenga carne o una intervención médica podría desencadenar una reacción al "alfa-gal" de gravedad desconocida", explicó.

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También podría haber otros peligros al acecho. En junio pasado, Platts-Mills y otros investigadores revelaron que más de una cuarta parte de los pacientes que acudieron al centro médico de la Universidad de Virginia para una cateterización cardiaca (con el fin de eliminar obstrucciones arteriales que ponían en riesgo su vida) eran sensibles al "alfa-gal" y no lo sabían.

Los pacientes con la alergia oculta tenían más placa arterial que los que no tienen la alergia y lo más preocupante para los investigadores es que la placa era del tipo que tiene más probabilidades de separarse de la pared arterial y provocar infartos y apoplejías.

Pese a que las investigaciones están en etapas tempranas (se están llevando a cabo con 118 pacientes en un lugar en el que hay gran presencia de "alfa-gal"), a Platts-Mills le preocupa que esto sea un presagio del surgimiento de un riesgo de enfermedades cardíacas mayor que el que cualquiera esperaría.

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En agosto pasado Commins dio una plática sobre la alergia al "alfa-gal" en la Conferencia Internacional sobre Enfermedades Infecciosas Emergentes, evento que se lleva cabo cado dos años, más o menos, con el patrocinio por los CDC; en él suelen surgir los primeros indicios de las enfermedades que están destinadas a convertirse en problemas graves.

El director de la división de Enfermedades Transmitidas por Alimentos de los CDC estaba entre los presentes, así como el director de Enfermedades Transmitidas por Vectores, el departamento que lidia con las garrapatas. Después de la conferencia, ambos se acercaron a Commins para hacerle preguntas. "Me dio la impresión de que era algo extraño y mínimo, pero al parecer, es algo muy importante", dijo Lyle Petersen, el director de Enfermedades Transmitidas por Vectores.

Como cada vez son más los académicos e instituciones que están poniendo atención es probable que las investigaciones sobre el "alfa-gal" estén llegando a ese umbral en el que las investigaciones aisladas convergen en la respuesta. Para los pacientes, que también se sienten aislados, la respuesta no puede ser más oportuna.

Wellcome publicó este artículo originalmente en la revista Mosaic. Se publica nuevamente aquí con una licencia de Creative Commons. © 2015 The Wellcome Trust . Algunos derechos reservados.

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